Españoles en el extranjero·The Mamas & The Papas

Mi visado de prometida

Todo empezó aquella noche de abril de 2010. Ese americano que me miraba en el tren y que me llevaría a vivir a su país 3 años más tarde… tenía que haberse colgado un letrero que dijera “Si alguna vez nos mudamos a mi país, prepárate”. Los primeros años de relación parecía que nos quedaríamos por Europa, pero las cosas cambian y a veces no se puede hacer planes. Te enamoras, tienes hijos y cuando te quieres dar cuenta, esa boda que no corría prisa, ahora SÍ. Es un proceso lento, pero si te interesa, quédate y te lo cuento lo más resumido posible.

Si estás pensando en mudarte a Estados Unidos, sé consciente de que no podrás quedarte más de 3 meses a no ser que vayas previamente con un visado de trabajo o de estudios, o algo parecido. En mi caso, el visado correspondiente era el de prometida (K1-Visa):

Ya en el aeropuerto de Madrid-Barajas, me acerco al mostrador con mi billete de ida a Chicago, y la azafata me pide, además de la autorización ESTA (un papelito para entrar en el país como turista y salir en los 90 días posteriores, coste: $12 y válido para tus vuelos a EEUU en los próximos 2 años), un vuelo de vuelta a España –si no, no me dejaban volar. Así que como primer guantazo de inmigrante (o emigrante, según se vea), tuve que comprarme un vuelo de vuelta allí mismo. A todo esto, ya teníamos un hijo en común con ningún obstáculo en ese sentido, ya que tiene ambas nacionalidades. Sin embargo, hizo todo el proceso incluso más complicado (emocionalmente), pues no podíamos evitar tener que separarnos de su padre cada 3 meses.

Al día siguiente y con un jet lag digno de ser mencionado, nos presenciamos, previa cita, en el despacho del que, a partir de ahora, sería mi abogado de inmigración y que nos cobraría unos $2000 por hacer todo el papeleo por nosotros. Supongo podríamos haberlo hecho por nuestra cuenta, pero nos valimos de sus conocimientos legales para no saltarnos ningún paso.

Tuvimos que rellenar unos cuantos formularios y recolectar certificados de nacimiento (traducidos al inglés por un traductor oficial: otros $150 la broma y mal traducido, por cierto), fotocopias de pasaportes, y una serie de instantáneas que mostraran nuestra evidente relación y que correspondieran con una detallada línea del tiempo desde que nos conocimos hasta la fecha. Sabiendo cuánto me gusta la fotografía y cuánto habíamos viajado juntos, éste fue el paso más fácil 🙂 Añadimos una declaración por parte de mis suegros expresando que me conocían y que mi relación con su hijo era real. También me vi firmando una serie de documentos en los que daba fe, entre otras cosas, de que no había pertenecido al movimiento Nazi en los años 40 (afirmo que me dieron ganas de decir que , sólo para saber si tendría sentido que, habiendo nacido en 1986, estaba yo ahí presente tomándome un café con Adolf Hitler).

Todo esto empezó en octubre y pasamos las Navidades sin respuesta aún de los Servicios de Inmigración en California (sólo hay 3 en todo el país, por lo que me puedo imaginar el tomo de documentos que tendrán que procesar). En enero se cumplía el máximo de 90 días y tuve que volver a España. Pasé un mes entero sin mi –futuro– marido, y nuestro pequeño sin estar con su Daddy, sólo viéndole vía Skype. Y no supe nada de la solicitud del visado hasta justo el día que regresé a EEUU -esta vez con vuelo de vuelta comprado con antelación, pero aún como turista. La Embajada de Estados Unidos en Madrid había recibido mi documentación y, tras 4 meses de espera, mi petición había sido aceptada. Pero no soltéis los globos y el confetti todavía. Cuando pensábamos que ya estábamos cerca… PUES NO. Las cosas se complicaban. ¡Estábamos embarazados! Y no podían meterme en el seguro médico del papi por no estar casados…

Así que continuamos el papeleo. El siguiente paso sería la preparación de documentos para la entrevista en Madrid, que no sabríamos cuándo sería, pues son ellos quienes te la dan. Tuvimos que recopilar certificados de nacimiento, pasaportes y evidencias otra vez, proveer de una declaración de la renta por parte del peticionario americano y actual contrato de trabajo (para mostrar que, aunque yo aún no podía trabajar legalmente, me mantenían no estaba mendigando en su país), un formulario online de “no soy terrorista” y que “no planeo atentar contra los Estados Unidos de América”, un certificado de Antecedentes penales (previamente solicitado por correo postal al Ministerio de Justicia en España y todos los países donde había vivido al menos 6 meses desde que tenía 16 años, por 3.66€) y un examen médico en un centro de Madrid autorizado por la Embajada de los Estados Unidos (no uno cualquiera), el cual vale 165€. Éste consistía en un análisis de sangre, rayos X, vacunas necesarias y reconocimiento. Yo me salté los rayos y las vacunas por estar embarazada (así que pagué unos 40€ menos). NOTA: Como un año más tarde me mandaron una carta recordándome que no se les había olvidado lo de las vacunas, así que por el módico precio de $400 me renovaron la antitetánica, y me vacunaron de la tuberculosis y la sífilis.

visadoA los dos días, me dirigí a la Embajada de los EEUU en Madrid para una entrevista. Me imaginé que me meterían en un cuarto y me harían un montón de preguntas, con flexo incluido, en plan “en qué parte de la cama duerme su prometido, qué desayuna, cómo se llama su abuelo…” y cosas así que había leído en internet (que hay de todo). Pero no. La entrevista fue ahí mismo, en las ventanillas donde das toda la documentación. Duró 5 minutos, un par de preguntas y visado aceptado. Eso sí, tuve que esperar a que lo enviaran a casa. Pero por fin pude volar a EEUU con un billete de ida y un “reloj” de 90 días para casarme.

Una vez pisé territorio americano (aunque no era mi destino final, sino una escala), tuve que esperar una eterna media hora en la sala de inmigración para entregarles el sobre con toda mi documentación y los resultados del médico en un sobre cerrado que sólo ellos podían abrir. Pensé que perdería el siguiente vuelo, pero agarré todos mis bártulos, coloqué a mi “bártulo personal” de 2 añitos sobre mi barriga gestante de 7 meses y corrí (imagínense la escena a cámara lenta) hasta llegar a la puerta de embarque.

YES!! Ya estamos aquí. Pude solicitar mi número de la Seguridad Social unos días antes de casarme, lo cual hicimos lo antes posible, con los padres de mi marido como únicos testigos, y nuestro hijo (en brazos). Y ya pude entrar en el seguro médico de mi marido y tener asistencia durante el embarazo. En cuanto al apellido de la mujer tras el matrimonio, puedes elegir quedarte con el tuyo (o “tuyos”, como era mi caso); perderlo y adquirir el de tu marido; o tener ambos. Yo decidí quedarme con mi primer apellido, perder el segundo (el de mi madre) y añadir el de mi marido. Y, al hacer esto, tuve que cambiar la tarjeta de la Seguridad Social e ir a todas partes con el certificado de matrimonio para que vieran con mi pasaporte que soy la misma.

Lo siguiente vendría 2 meses después, ya nacido nuestro segundo hijo. Me dieron una cita (esta vez en EEUU) para dejar mis huellas dactilares y una fotito con ojeras de no dormir nada… Y sí, esa foto apareció en mi permiso de trabajo y futura Green Card (NOTA: Llegó a mi buzón en agosto de 2015 y el proceso empezó en octubre de 2013…).

El siguiente paso es conseguir la ciudadanía americana, que por lo que he oído podría optar a ella en unos 3 años. Me darán un libro para que me estudie sus cosas básicas de geografía, historia y tal… Examen, jura de bandera y espero que YA. Os voy contando 🙂

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