Reflexiones·The Mamas & The Papas

El efecto mariposa

El “efecto mariposa” es algo que me fascina. Sin aburrirte mucho, haré una breve introducción: Es un concepto de la Teoría del caos por el que un cambio aparentemente insignificante en un lugar puede acarrear grandes consecuencias en otro. El mismo momento, dependiendo de los factores voluntarios o fortuitos, puede resultar en dos destinos significativamente diferentes. Todo porque existen comportamientos no lineales, impredecibles o aleatorios. Aunque parezca complejo, es tan simple como preguntarse “qué pasaría si” e imaginar diferentes escenarios según elijamos un camino u otro.

Su nombre proviene del proverbio chino: “el aleteo de las alas de una mariposa se puede sentir al otro lado del mundo”.  En 1961 lo utilizó el matemático y meteorólogo Edward Lorenz (considerado el padre de la teoría del caos y del efecto mariposa), llevando a cabo un estudio con modelos numéricos por ordenador. Creó una secuencia para predecir el tiempo atmosférico, pero se dio cuenta de que la precisión de las predicciones meteorológicas es relativa, pues es un sistema caótico y por tanto, es imposible conocerlo con total exactitud. Hay demasiadas variables desconocidas como para realizar un seguimiento a modo plantilla. Así que por esto, voy a perdonar al hombre del tiempo, que dijo que iba a hacer bueno hoy y se ha puesto a llover a última hora…

Esto se aplica a otros sistemas más allá del clima. En cuanto al comportamiento humano, es una interrelación causa-efecto que vivimos constantemente. ¿Podrían unas pequeñas acciones pasadas afectar dramáticamente el futuro? Sí. Incluso pequeñas experiencias almacenadas en el subconsciente podrían afectar el comportamiento de una persona de forma inesperada.

En mi caso, empecé a estudiar Derecho porque quería trabajar en España, mi país. Solía huir de los guiris angloparlantes, pero un día, andando por la universidad, vi que habían salido unas becas de intercambio. Decidí dar el paso y solicitar una para estudiar en una universidad de Londres. Un año después, ya de vuelta en España, y tras una jornada larga de estudio en la biblioteca, fui a coger el tren de vuelta a casa, pero lo perdí.

¡Qué rabia! Saqué el móvil del bolsillo trasero de mi pantalón y llamé a mi padre a ver si podía hacerme el favor de venir a recogerme. “-Tardo más en ir que el siguiente tren en llegar…” me dijo. Tenía razón, y aunque fastidiada, me tomé una taza de paciencia y esperé.

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Subí al vagón, me senté y mis ojos se cruzaron con los suyos. Y así, unos años más tarde, ese chico sentado a unos asientos de mí se convirtió en mi marido. Porque el destino quiso que tras intercambiar miradas, nos bajásemos en la misma parada. Se acercó e inició una conversación conmigo. De entre todas las personas que había en el vagón, conmigo. Sólo le quedaba un mes para volverse a su país, Estados Unidos, pues su contrato de trabajo había llegado a su fin. Así que locura o no, nos arriesgamos a la aventura y los siguientes meses los pasamos viajando. No sé, ¿por qué no?

En unas vacaciones de verano, las primeras que contaron como “convivencia”, la vida nos obsequió dejándonos embarazados de nuestro primer hijo -lo cual alteró todo plan de futuro inmediato que cualquiera de los dos tuviésemos en la cabeza en aquel momento.

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La mano de Lucas (con horas de vida) y la de su papá

Muchas veces me paro a pensar en qué habría ocurrido si hubiera optado por estudiar otra carrera. Si no me hubieran concedido la beca, o si hubiera escogido otro país. ¿Habría seguido huyendo de cualquier persona que me hablara en inglés? Puede ser, y por tanto, habría huido también del “chico del tren”… Al cual no habría conocido si hubiera llegado a tiempo a coger el anterior… Si me hubiera quedado un rato más en la biblioteca, o un rato menos, o si hubiera ido en coche ese día, o si hubiera venido mi padre a por mí. O si él hubiera seguido andando en vez de hablarme a la salida. De hecho, no sabría ni su nombre; todo se habría quedado en un par de miradas a un extraño del cual no recordaría ni su cara a los pocos días. Por su parte, él no habría estado en España en ese momento si no hubiera dado el paso de firmar ese contrato tan lejos de su tierra. Y de no pasar aquellas vacaciones juntos, no me habría quedado embarazada (¡o sí!). O si hubiéramos decidido no tenerlo, no habríamos formado una familia.

Y es que hay tantas cosas que podrían haber salido de diferente manera… Lo bueno (y lo malo, según se mire), es que no podemos dar la vuelta y rehacer lo ya hecho; no podemos cambiar el pasado. Pero podemos actuar en consecuencia sabiendo que tomando una decisión u otra, tendremos resultados diferentes en el futuro. Sí, tenemos el poder de elegir el camino que queremos en la vida. Y aunque siempre hay factores que se nos escapan de las manos y no sabremos si terminaremos haciendo algo totalmente distinto a nuestro objetivo inicial, lo cual es impredecible, siempre nos quedará la parte moral de todo. Lo que podemos cambiar.

Porque los errores son experiencias y de ellos aprendemos. Porque nacemos con una personalidad pero esta cambia con el paso de los años. Porque un acto que en principio parezca insignificante, puede significar más de lo que creemos y modificar el curso de una vida entera. Porque no somos perfectos y tampoco lo son determinados comportamientos y conductas de las que a veces no estaremos orgullosos…  Pero eso se puede corregir. Con tiempo y esfuerzo.

¿Mi “efecto mariposa”? Le di la espalda a un camino por escoger otro en su lugar, claro. Pero la vida continúa y seguimos escogiendo…  Constantemente. ¿Cuál será mi siguiente episodio? ¿Y el tuyo?

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Bibliografía: Wikipedia. | Chaos and Fractals. | Adhara Yoga.

Si te interesa el tema, te recomiendo ver las películas de Butterfly Effect,  Mr. Nobody  y  Babel, que más allá de ser buenas o malas, tienen un argumento bastante interesante.

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Un comentario sobre “El efecto mariposa

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