Embarazo·Salud y Nutrición

Comerse la placenta y sus “maravillosos” beneficios

Antes de que sigas leyendo, quiero dejar claro que prefiero que alguien me abofetee repetidas veces antes que comerme una placenta. Pero hay de todo en la viña del Señor.

Me encontraba sobre la camilla del hospital, abrazando con brazos primerizos a la criatura que había estado horneando en mi vientre durante nueve largos meses. Creí que era el momento más feliz de mi vida, pero ahí estaba mi ginecólogo dispuesto a arruinarlo. El mismo que me había entregado esa sensación tan afable, me la arrebataba con sólo cuatro palabras: “¿Quieres ver la placenta?” al mismo tiempo que me la mostraba sin esperar mi respuesta, posiblemente negativa. “¿No es increíble?” proseguía. Sí… La verdad que lo era. Y repugnante, también.

Desde el punto de vista clínico, la placenta es algo impresionante, no lo dudo. No sólo constituye la conexión vital del bebé con la madre desde aproximadamente el 6º día de fecundación (¡ojo!), sino que mediante el flujo sanguíneo en el cordón umbilical, conlleva funciones tan importantes en la gestación como la transformación de nutrientes y el transporte de oxígeno y dióxido de carbono del bebé, entre otras. Si pudiéramos imaginarnos cómo funciona en el interior de la mujer, sería como un globo que se va hinchando durante las 40 semanas de embarazo, y como todo órgano: nace, crece y muere. La placenta es un órgano grande y súper complejo; al final de la gestación mide entre 1.5 y 3cm de grosor y entre 15 y 20cm de diámetro, además de pesar unos 500 gramos. Así que pares y te dan ganas de saltar encima de la báscula y ver cuánto hemos perdido (entre el mochuelo, la placenta, y toda esa salsa de tomate para los macarrones), pero con el cuerpo escombro que se te queda, casi que lo dejamos para dentro de un par de semanas meses, ¿no?

Según la sabia Wikipedia, la Placentofagia es el término usado para describir el acto de comer la placenta después del parto. Hay varias especies de animales que lo llevan a cabo y parece que los humanos también nos hemos unido a esta práctica. Son muchos los que lo apoyan, argumentando que ayuda a prevenir la depresión postparto; que ayuda a que el útero se contraiga más rápidamente (la placenta contiene esta sustancia, la prostaglandina, que lo estimula) por lo que la recuperación de la mami podría ser más rápida; y por lo visto también favorece la producción de leche, porque también conlleva oxitocina. Pero no hay ninguna prueba científica de que comerse la placenta realmente sea tan maravilloso… Aunque parece que a Tom Cruise le pareció una brillante idea (aunque a él no se le vaya a contraer el útero precisamente). A mí, si me pide mi marido un cachito de mi placenta para merendar, que alguien me alcance los papeles del divorcio que con esta episiotomía no hay quien se mueva. Basta.

La primera vez que leí a un grupo de madres hablar de esto en las redes sociales, expresando sus diferentes puntos de vista al respecto, llámame inculta pero me imaginé a una señora sujetando una masa fibrosa entre sus dedos ensangrentados y devorándola cual caníbal. Pero no, no nos alarmemos. Supongo aún tenía la imagen del ginecólogo clavada en el cerebelo. Resulta que hay recetas en internet para comerla junto a otros ingredientes (sin calentarla porque esto podría alterar su contenido en vitaminas, hormonas y demás): sashimi con placenta (cruda, por supuesto), placenta con brócoli, placenta picante australiana, y… batido de placenta. Claro que sí, para empezar el día con ganas. Y no sólo eso, sino que las venden en cápsulas que recomiendan tomar una vez al día ¬¬

A mí perdónenme, pero yo soy de las que opina que si esos animalillos se comen sus placentas, ya sea por huir de una inminente muerte por inanición, o para reducir los olores que pudieran atraer a depredadores, me parece hasta normal. Así es la naturaleza. Pero nosotras, generalmente bien nutridas y sin hienas a nuestro alrededor, quizás podríamos tirar de bocadillo de Nocilla para intentar luchar contra la depresión postparto, no sé. Me da igual si antaño algunas culturas solían enterrar sus placentas bajo un árbol, o si se guardaban un cacho de cordón umbilical como amuleto, o si las celebrities lo quieren poner de moda. Entiendo que la etapa postparto pueda llegar a ser complicada. Pero optar por comerse la placenta no creo que nos saque a ninguno del estrés -yo me estreso sólo de pensarlo. Eso sí, las que lo han probado dicen que gracias a su poder nutritivo están de mejor humor, tienen más energía y afirman que les mejoró la lactancia. Y es que en la cultura china hasta la utilizan como remedio para la infertilidad e impotencia (entre otros), vendiéndola seca y bajo el nombre “Zǐhéchē” -por si acaso la encuentras en el menú del restaurante, que nunca se sabe…

La idea en sí hace que me encoja de la aversión. Sí sí, en posición fetal, metidita en una de esas placentas comestibles. Pero si tú ya lo has probado, te agradecería compartieras tu experiencia. Y si te lo estás pensando, ánimo, dicen que sabe a filete de ternera. Yo, señores… Yo sigo votando por el bocata de Nocilla.

Fuentes: Bebés en camino.  |  Wikipedia.  |  Doctissimo. | Taylor & Francis.

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