Reflexiones·The Mamas & The Papas

Odio a mi marido

Si preguntara a mi abuela si mi abuelo alguna vez fue o sigue siendo su mejor amigo, su amante, su compañero en la crianza de los niños… probablemente se reiría en mi cara. Sin ofender, abuelo.

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Un “matrimonio perfecto” no es más que dos personas imperfectas que no se dan por vencidos.

Seguramente no tuviera grandes expectativas por parte de él y aún así, si tuviera que describir su matrimonio, diría que es perfecto. Para ella, claro. Hoy en día esperamos de los cónyuges que sean nuestros socios en todos los ámbitos y si no es nuestro mejor amigo, nuestro amante y nuestro compañero en la crianza de los niños, algo va mal. Mi abuela quizás se ampararía en la religión para la cura de esos pequeños problemas (mejorar, tener más paciencia, no discutir…) pero nuestra generación tiende a quejarse y a echarle la culpa al otro, en una guerra de a ver quién hace más y a ver quién recrimina más cosas al otro.

Si llegaste aquí es porque quizás has tecleado en Google el título del post y te unes al movimiento de “cónyuges frustrados buscando una solución a su matrimonio”. Cotorreando con mis amigas y escuchando sus experiencias, no tenía más remedio que asentir a cada una de esas situaciones en las que, sin extrañarme lo más mínimo, me sentía identificada y donde parecía como si estuvieran leyendo mi cerebro en voz alta… Y es que no hay solución: los desacuerdos entre personas son inevitables. Toda relación íntima tiene sus ciclos buenos y sus momentos duros, y algunos parecen tan complicados que te entran ganas de darte una buena ducha de agua fría -o un “manguerazo” mejor. Pero de ellos aprendemos a crecer, a conectar, a entender, a hacer pequeños cambios, a adoptar nuevas conductas, y a practicar eso de… pedir perdón. Y nada de esto es fácil. Por supuesto que el divorcio existe y siempre hay otra persona ahí fuera para ti con la que perfectamente podrías compartir una vida (te recomiendo la película Mr. Nobody), pero ¿quién te dice que no te vaya a pasar lo mismo otra vez?

Recuerdo los primeros meses cuando mi marido y yo nos estábamos conociendo. Él mide casi 2m y aún así nos encantaba compartir su cama de 80x190cm; poner los pies en el marco de la ventana y observar la luna mientras comíamos chocolate. Viajábamos, él leía el mapa mientras yo hacía fotos. Construíamos experiencias, nos reíamos, nos tomábamos unas cañas con los amigos, teníamos nuestros hobbies.

Luego llegaron los niños y todo nuestro tiempo se volcó en ellos. Desde las 6 de la mañana hasta las 9 de la noche. El cansancio y el estrés, sumado a no lavarse el pelo en 4 días, provocaban en nosotros (y aún provocan) comportamientos lejanos a aquellas noches románticas donde cada onza de chocolate sabía mejor, simplemente por el hecho de estar juntos. Se nos olvidaba mostrarnos respeto el uno al otro, no sabíamos explicar con tranquilidad lo que nos molestaba y había grandes diferencias en nuestros puntos de vista (tanto en la crianza de los niños como en otros aspectos más generales), lo cual generaba conflicto de manera instantánea. No nos parábamos a pensar, simplemente porque cuesta entender que el “amor” no es sólo un sentimiento sino un acto que hay que trabajar y desarrollar todos los días.

¿Es posible odiar a alguien que has amado? Quizás no sea odio, pero sí hostilidad. Tras tener hijos, es muy común llegar a ese punto donde no soportamos a nuestra pareja. Nos fijamos solamente en sus defectos y aspectos negativos, en vez de ver lo positivo (espera, pero ¿eso existe?); estamos cansados y no nos esforzamos por atender a las necesidades del otro; dejamos de comunicarnos como lo hacíamos antes; no escuchamos; nos vamos a dormir a diferente hora o comemos con horarios distintos. Con niños, la organización del tiempo cambia. En definitiva, tendemos a abandonar nuestra relación.

Nosotros vivimos lejos tanto de mi familia como de mi familia política. Y recuerdo un día en cuestión en el que visitamos a los padres de mi marido y mi suegra insistió en que les dejásemos a los niños y nos fuéramos los dos solos a cenar. Creo que fue la primera vez que salí de casa sin ellos. Llegamos al restaurante y no sabía qué pedir (acostumbrada a mirar cosas que pudiera compartir con los pequeños), y al principio miraba al reloj nerviosa pensando que se estaba haciendo tarde y que quizás estarían portándose regular con los abuelos. No sabía cómo actuar sin tener que decir a alguien que se comportara en la mesa o sin tener que engullir la comida porque no aguantan sentados más de 30 segundos. Así que pedimos una botella de vino blanco y decidimos no hablar de nuestra vida como padres. El resultado fue genial. Nos reímos un montón y disfrutamos, por primera vez, de una cita como las de antes.

Ahí me di cuenta de que, a pesar de esos malos días en los que mis expectativas están por las nubes y él no sabe cumplirlas -al igual que yo tampoco cumplo las suyas-, seguíamos siendo los mismos. Es un proceso en el que ambos tenemos que aprender a ser positivos, a renunciar a las expectativas irreales, a esforzarnos por mantener la ilusión, y a saber querer a la otra persona por cómo es sin intentar cambiarla. Un proceso DIARIO. Al fin y al cabo, y gracias a esos momentos lejos del cansancio originado por la educación de nuestros niños (que no son tiempos fáciles), aún nos reíamos juntos y supimos disfrutar de un ratito sin más compañía que la nuestra. Y es que quizás ya no sea aquella persona que me obsequiaba con chocolate a la luz de la luna, pero yo tampoco lo soy. Y si ese momento fue un ápice de una recopilación de experiencias que hicieron que le eligiera para ser el padre de mis hijos… y mi marido, quizás mi abuela tiene razón si piensa que su matrimonio, con sus cosas, es perfecto. Para mí, el mío con sus cosas, también lo es.

amor_rubik

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