Educación·Maternidad·Reflexiones

Me ha salido el niño rebelde

Si me hubieras preguntado hace unos años que si quería tener hijos, probablemente te lo hubiera negado, o habría dejado caer un “quizás, pero a los treinta y tantos”. Sin prisas. Paradojas de la vida, mi hijo el mayor fue concebido por sorpresa y nació un par de meses antes de mi vigésimo sexto cumpleaños, así que ya puestos, le dimos un hermanito dos años más tarde. En mi pueblo, esto es un “¿No quieres sopa? Pues toma dos cazos” donde la sopa es un humano cagón y los cazos, cunas.

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Recuerdo un verano que pasamos con la familia de mi marido, unos meses tras nacer mi hijo el mayor. Mi sobrino acababa de cumplir 3 años y se pasaba la vida castigado en un rincón porque no paraba ni un momento. Su hermanita de 8 meses roía un mordedor con asa sentada en la alfombra tranquilamente, lo cual reconozco que hizo que me preguntara a mí misma en más de una ocasión qué podrían haber hecho mis cuñados de diferente manera para que el niño fuera tan salvaje. Poco sabía yo de la experiencia que esto me iba a aportar en la vida.

IMG_20131111_160509Antes de convertirme en mamá, tenía todo muy claro: Nada de “espectáculos” en público, te comes lo que te ofrezco, exposición limitada a aparatos electrónicos, te sientas a la mesa cuando esté la comida lista, por favor y gracias. Supongo que los 2 primeros años, en general, no se me dio mal acatarme a mis planes. Era un niño muy dulce, con mucha energía pero controlada, no aguantaba más de 10 minutos viendo dibujos animados, la comida sanísima, y su trona cerca de nuestra mesa para comer todos en familia. Luego, nació el siguiente y adiós rutina, adiós modales, y adiós serenidad.

IMG_20150903_165041873_HDR[1]En mi cabeza tenía esa burbuja ideal donde los hermanitos se llevan poco tiempo, juegan juntos y todo es maravilloso. Pero lo que es cierto es que los primeros años consumen cada ápice de energía que tienes en el cuerpo. Y atraviesas experiencias tan agotadoras como ponerles a dormir la siesta y que se despierten mutuamente; quitarles el pañal (con todo el proceso que esto conlleva, incluyendo diarreas a la altura de las rodillas); los juguetes y el compartir; esa desobediencia repentina (hasta el punto de llamarle por otro nombre a ver si contesta); y momentos puntuales como lo divertido que es jugar a llenarlo todo de agua, el suelo de cereales, la pared de bolígrafo, los brazos de Nutella,… En resumen, una prueba de paciencia de puertas para adentro, pero sobre todo, de puertas para afuera.

IMG_20150630_160709Doy gracias de que su apetito no cambió, pero ahora me da igual dónde coma mientras lo haga: ¿En el sillón viendo la tele? Adelante. Y cuando entró en la temida fase alrededor de los 3 años, mi dulce niño se convirtió en un Tiranosaurio Rex. De la misma -casi idéntica- manera que le pasó a mi sobrino.

Por motivos de trabajo, nos mudamos de una punta a otra del país (y aquí en Estados Unidos, eso es una “señora mudanza”), comenzamos desde cero una nueva etapa en nuestras vidas, y quizás el cambio fue más duro para él que para nosotros. Pero ahí estaba tan feliz, haciendo amigos en el parque a base de tirarles arena. Claro que sí, no escuches a mami. Pero bueno, algunos entraron al aro y sus madres, se convirtieron en mis amigas también. Todo un éxito, dadas las circunstancias.

Paso muy buenos ratos con ellas, me dan esa vida social que tanto necesito, pero he de decir que tener un único hijo difiere mucho de tener más de uno. Porque sí, mi niño también era mejor que mi sobrino el terremoto y yo tenía claro que el mío jamás se comportaría así. Yo era su mami protectora, y él era mi pequeño hombrecito que se sentaba con nosotros a comer, que te daba un beso cuando se lo pedías, que sólo comía comida orgánica, y nada de azúcar, y se entretenía con cuatro coches, sólo lloraba cuando estaba súper cansado, y me sentaba fatal pasarme unos minutos de su hora de la siesta porque “oh dios mío, ahora va a ser súper difícil dormirle y mi día está arruinado”.

Oh… Los 3 años… Compartir los juguetes en el parque, esperar tu turno para tirarte por el tobogán sin darle una patada al de delante, o para subir al columpio de la izquierda (que está ocupado) porque el de la derecha (que está libre) no te gusta, gritar y llorar, a veces hasta escupir… son cosas que salen de él, que nunca he pasado por alto como su educadora principal, pero que son parte de esta personalidad extraña que se ha apoderado del niño obedienteeducado que venía corriendo cuando le llamaba. Casi irreconocible de la noche a la mañana, admito que me da vergüenza que se comporte como un incivilizado. Todos esos momentos de rebeldía nos han obligado a sentarnos juntos en un banco y repasar las primeras lecciones de vida: respetar y ser amable, las cuales son fáciles de alabar cuando se consigue un resultado satisfactorio, pero no tan fácil de reprimir cuando las cosas no salen como una se espera. Que si pudiera meterme dentro de su cabeza y hacerle jugar plácidamente, lo haría, pero ¿cómo enseñar a un huracán a “pedir perdón”? ¿Acaso saben a esa edad lo que significa o lo dicen sólo para poder seguir jugando?

Obviamente, ya ni se me ocurre juzgar cómo crían otros padres a sus hijos. Cada uno tiene su personalidad y hay niños más activos que otros, sumado a que su cerebro a estas edades empieza a desarrollarse más rápido de lo que pueden controlar -y bueno, en nuestro caso, añadir un hermano pequeño a esta obra de teatro que llamamos “vida” fue un auténtico “bienvenidos a nuestra jungla” -pero supongo que todo depende de muchos factores. Como nota aclaratoria, añadiré que mi sobrino ahora tiene 6 años y está hecho todo un hombrecito. No parece el mismo niño que empujaba el balancín de mi bebé con todas sus fuerzas…

Así que tengo esperanzas de que las cosas cambien. Mientras tanto, siento cómo algunos padres (ilusos ellos, que creen que lo tienen todo controlado), me lanzan miradas penetrantes, juzgando de la misma manera que lo hice yo. También me he topado con otros niños que le muerden la cara al mío o le dan un puñetazo porque quieren jugar con el avión de juguete que hemos traído nosotros de casa. Miras a sus padres y son gente normal, como nuestra familia, que seguramente también se pasen las horas sentados en el banco enseñándoles las mismas lecciones que algún día entenderán y enseñarán a sus propios hijos, pero que ahora mismo no son capaces de asimilar por completo.

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