Educación·Montessori

Mi experiencia observando una clase Montessori (1ª parte)

Quizás os interese saber cómo transcurre un día en un colegio ‘Montessori’, así que hoy vengo con una recopilación de momentos de mis primeros experiencias como profesora de español para una clase prescolar de niños de 3 a 6 años.

El primer día lo pasé, de hecho, observando. Era parte de mi entrenamiento, entre otros cursillos como primeros auxilios, guías profesionales del cuidado infantil y conferencias más específicas. Eran las 8 y media de la mañana y los padres acompañaban a sus hijos a la puerta, donde se quitarían los zapatos para perseverar un ambiente más higiénico en las aulas. Sus mochilas sólo llevaban comida y no libros ni juguetes que mostrar a la profesora… Ninguno llevaba imágenes de Disney en sus camisetas, ni logos grandes, ni zapatillas de McQueen. No están permitidos.

Una vez estaban todos en clase, puede apreciar un gran abanico de actividades al mismo tiempo: un niño dibujando en la mesa del rincón, otros dos jugando con bloques de madera tomando turnos para construir una torre, dos niñas doblando las servilletas de tela limpias mientras conversaban sobre la vida, un grupo de cuatro niños desayunando, otro niño sentado en un taburete enfrente del acuario admirando los 3 pececillos que acababa de dar de comer él mismo, otro estaba junto a la profesora enseñándole en un mapa dónde estaba Oceanía…

Todos tenían algo que hacer. Y sólo en 5 minutos, había al menos 5 escenarios diferentes en un mismo aula: niños comiendo, niños trabajando solos, niños trabajando con otros niños, niños trabajando con la profesora… Porque sí, en Montessori se trabaja y no se juega. Todas las personalidades encajan: introvertidos, extrovertidos, calmados y activos. Si les apetece comer, comen. Si prefieren estar un ratito solos, lo tienen. Si quieren socializar, qué mejor sitio que una clase llena de gente para desarrollar esa habilidad. Y si necesitan lecciones de la profesora, ahí está para ayudarles a aprender. Eso sí, olvídate del típico momento donde el profesor es el centro de atención de todas las miradas. Aquí, las lecciones son individuales, espontáneas y probablemente sólo el 4% del tiempo el alumno aprende de la profesora. El 96% restante aprenden de los otros niños que están a su alrededor.

¿Funciona? Seguí observando. Cada vez que un niño elige una actividad, estira una alfombra en el suelo antes de comenzar. Cuando termina, la enrolla, la pone en su sitio, y recoge su actividad para que esté disponible para el siguiente.

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Esta es mi clase 🙂

Vi cómo un niño se acercaba a la mesa donde los otros cuatro estaban comiéndose su snack matutino, y se daba la vuelta al ver que todas las sillas, cuyo propósito es reunir sólo a cuatro niños durante el almuerzo, estaban aún ocupadas. En cuanto uno se levantó, pude notar la expresión de alerta en su cara, pero siguió esperando. “¡Venga!” me dije para mis adentros. Pero seguí observando, como en un partido de tenis, al niño, a la mesa, al niño, a la mesa… El niño aún no había terminado con su sitio, tenía que recoger su plato, limpiar su rinconcito en la mesa (con spray y trapo) y dejar su silla metida para adentro como señal de disponibilidad. El otro niño, que ya había sido suficientemente paciente, aceleró el paso, colocó su silla de lado, se lavó las manos y se dirigió hacia la zona de snacks (normalmente orgánicos y fuera de la lista de alimentos alergénicos) para servirse él mismo. La silla de lado significa que está reservada. Lo apunté.

Cuando tienen sed, se acercan al dispensador de agua, a su altura como el resto de artículos en el aula, y llenan el vaso a la mitad. No más por si la derrama, en cuyo escenario ellos mismos tendrían que limpiarlo y poner un cono en el suelo para avisar a sus compañeros que podrían resbalarse.

Giré mi atención hacia otro rincón de la clase. Había un niño súper gracioso que se había quitado los calcetines e iba andando por la clase con ellos sobre la cara, mirando hacia el techo para conservarlos en equilibrio entre la frente y la nariz. La profesora se acercó a él y le dijo “Amigo, puedes ponerte los calcetines en los pies o dejarlos junto a tus zapatillas”. El lenguaje positivo es importante, pues el mensaje es directo sin ser dañino. Quizás, si la profesora le hubiera dicho “no te pongas los calcetines en la cara” o directamente “no hagas eso”, no habría captado su intención de la misma manera. En otro momento, un niño (que sólo me hicieron falta unos segundos para apreciar que era uno de esos pequeñuelos súper activos que nunca se cansan), empezó a correr en círculos por toda la clase… ¿Cuál habría sido mi reacción? “No corras, por favor”, probablemente. Pero la profesora se aproximó, se inclinó a la altura del niño y le dijo, en un tono suave “En clase, andamos. Si quieres, puedes sentarte en la silla o en la alfombra”. Si te lo estabas preguntando, el niño dejó de correr inmediatamente y sí, se sentó. No sólo es importante utilizar un lenguaje positivo y una correcta entonación, sino que el simple gesto de dirigirte a los niños a su misma altura e incluso darles más de una opción, ayuda el proceso de cognición bastante más que decirles “no” y punto.

¡Oh, dios mío! Los dos niños que estaban construyendo una torre tranquilamente con los bloques perdieron la paz porque uno de ellos quería el bloque que tenía el otro. Típico. Empezaron a chillarse mutuamente, a uno ya se le saltaban las lágrimas. La profesora les dio un par de segundos a ver si lo solucionaban entre ellos. A veces, ocurre. Si no, como fue el caso, les preguntó que eligieran otra actividad en el aula, en su ánimo por corregir su conducta agitada.

El niño que estaba dibujando se pasó más de tres cuartos de hora desarrollando su lado artístico. Cuando terminó, se acercó a la profesora para mostrarle sus piezas de arte. En mis tiempos, con la educación tradicional, probablemente me hubieran dicho “¡Muy bien! ¡Qué dibujo más bonito!”. Sin embargo, en Montessori no hay premios por hacer las cosas bien, ni castigos por hacerlas mal. La profesora expresó cuánto le gustaba la mezcla de colores que había utilizado para su composición. Y juntos, nombraron todos los colores presentes en el dibujo.

Otra niña, se frustraba intentando hacer un lazo en una de las actividades previstas para ello. La profesora se sentó con ella y le enseñó una de las posibles maneras de hacer un lazo. Y no “mira, así es cómo se hace”. Porque al final, todos encontramos una manera de hacer las cosas que nos gusta más que otras –¿o soy la única que tiene esas luchas mentales con la organización del lavavajillas, sin ir más lejos? Como yo lo hago es sólo una de las posibilidades, según Montessori. No voy a entrar hoy en las Matemáticas, ciencia exacta con sólo un resultado correcto, pero sí que haré un post aparte sobre éstas en la educación Montessori.

Era la hora de salir a jugar a la calle. Así que la clase se dividió en dos grupos: los que ya habían comido snack y estaban preparados para correr afuera, y los que estaban entretenidos con alguna actividad o aún no habían comido nada. Se pusieron sus chaquetas ellos mismos, con un truco donde no necesitan ayuda de un adulto, y sus botas de agua, y escogieron un compañero para salir al patio de dos en dos.

Esto es sólo la primera parte de uno de mis días observando. No te pierdas la segunda parte. Escríbeme un comentario y dime qué opinas del método Montessori, y si te gustó este post, no dudes en compartirlo. ¡Hasta pronto!

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