Educación·Montessori

Mi experiencia observando una clase Montessori (2ª parte)

Como ya os contaba el otro día, las diferencias entre la educación tradicional a la que todos estamos acostumbrados, y la educación ‘Montessori’ son abismales. Si has llegado hasta aquí, quizás es porque te interesó Mi experiencia observando una clase Montessori, así que hoy vengo con más anécdotas de mis jornadas de observación:

Empieza el día y me dirijo a mi silla, semi-aislada en un rincón de la clase, pero perfectamente posicionada para no perderme ningún detalle. Los niños van entrando de uno en uno, descalzos o con zapatillas de estar por casa (o las típicas Crocs), para minimizar la exposición a los gérmenes. Le dan la mano y los buenos días a la profesora e inmediatamente se dirigen hacia las estanterías para empezar con su actividad matutina.  Algún rezagado, que le costó levantarse ese día, aún no tiene mucha idea de qué quiere hacer hoy. Anda alrededor de la clase, observando a sus compañeros, mirando las actividades disponibles… A simple vista, no parece que le llame nada la atención, pero Montessori asegura que está absorbiendo información activamente a través de la observación.

Es importante reconocer los estilos individuales de cada uno a la hora de aprender: unos prefieren permanecer en silencio y escuchar exclusivamente, y otros prefieren convertirse en una parte más activa y dar voz a las actividades. La profesora sólo interviene cuando el alumno le pide ayuda porque no encuentra nada que le interese en ese momento, o no sabe cómo hacerlo… Pero apoya la independencia del individuo, dejándole que sea él/ella quien elija acorde a sus propios intereses, pero también la manera de llevar a cabo una actividad, que no tiene por qué ser igual a cómo lo hace su compañero.

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Los bloques de madera son para construir… o para lo que uno quiera 🙂

Dos niñas se sentaron en el suelo a hablar. Debemos respetar la conversación, el deseo de los niños por socializar y comunicarse, pero si la cesta de ropa limpia está lista (servilletas y toallas que más tarde usarían a la hora de comer), puede convertirse en un trabajo para dos personas, que no requiere mucha concentración, y que se puede realizar charlando. Así que la profesora les sugirió que empezaran a doblar, como trabajo en equipo, mientras se contaban su vida. Les pareció buena idea. Lo apunté en mi cuaderno.

Realmente, sólo vi a la profesora interrumpir una actividad en 3 casos bien definidos: cuando los niños se hagan daño a ellos mismos, a otro compañero, o al material. Por lo demás, no interviene, no les habla en mitad de su actividad, respeta su concentración. Y es que, según lo definía la propia Maria Montessori (1870-1952) en su libro “La mente absorbente”,

“La concentración es como una burbuja, tan frágil y delicada que con solamente tocarla puede desaparecer, y con ello, toda la belleza del momento”.

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Una niña en mi clase, desarrollando sus habilidades artísticas.

Otro día hablaré de la concentración en sí, que también es un mundo aparte y estoy aprendiendo mucho sobre esto. Lo más importante en clase es recordar que cuando el niño está concentrado, lo mejor es actuar como si no existiera. Quizás suene cruel, por no estar encima de ellos haciéndoles ver que estamos ahí viendo sus progresos en ese mismo momento, pero en realidad, no interfiriendo les estamos comunicando, aunque sin palabras, que entendemos que ha encontrado la perfecta actividad para ese momento en concreto, y que confiamos en que saque buen provecho de ella, a su manera.

Los niños de diferente edades tienen distintas necesidades y habilidades y en los colegios Montessori, están mezclados niños de 3 a 6 años (al igual que más pequeños y más mayores, pero me voy a centrar en las clases de las que yo soy parte). Les observamos, pues tienen mucho que enseñarnos. Y con esto, modificamos las lecciones y materiales para adaptarnos mejor a su crecimiento e intereses. Mi trabajo estos días de observación era básicamente anticipar qué sería lo siguiente que el niño podría necesitar. Apuntando cada día sus actividades, elegidas por él mismo o sugeridas por la profesora, su personalidad, si prefiere trabajar individualmente o con otros niños… En resumen, hice un seguimiento de cada uno de ellos.

Un niño en mi clase, con la famosa torre rosa de Montessori
Un niño en mi clase, con la famosa torre rosa de Montessori

Pero en realidad, el ambiente que les rodea es el mejor profesor, por eso está preparado para que no sea el adulto el que dicte al niño lo que debería aprender y cuándo, sino que diseñamos la clase para que encaje lo mejor posible con las necesidades del niño. Lleva tiempo y organización, pero tener los objetos en cestas, cajas y bandejas con actividades que contienen un trabajo concreto para enseñar un concepto específico, todo a su altura y sin dificultad de acceso, les inspira a aprender. Ellos eligen, sí, pero somos nosotros los que a raíz de observar sus habilidades y expectativas, les hemos puesto esas actividades a su alcance para que las descubran y desarrollen espontáneamente.

No sólo aprenden matemáticas, gramática, geografía… Los niños tienen libertad de movimiento y tienen derechos físicos. No están “atados” al pupitre. Tienen permitido moverse de un lado para otro a sus anchas y satisfacer sus necesidades tantas veces como haga falta. Van al baño cuando quieren y comen cuando quieren. Nosotros le preparamos un snack común, diferente cada día. Pero como parte de las actividades en la clase, también tienen la opción de aprender cómo pelar huevos cocidos, zanahorias, plátanos, mandarinas… Se ponen su delantal, y una vez han tenido una lección inicial con la profesora, ya son aptos de acceder a esos snacks complementarios en cualquier momento, los cuales nosotros reponemos cuando se gastan. Por supuesto que, cuando terminan, limpian los cubiertos y platos para dejar la bandeja disponible a sus compañeros en el mismo estado en que se la encontraron. Créeme, es interesante ver a mi hijo de 3 años ayudarme a hacer la cena, pelando las zanahorias como un auténtico profesional.

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Aquí, dos niños de mi clase con un plátano y uvas 🙂

La manera en que la profesora presenta la lección es diferente a la experiencia vivida cuando era niña. No es una lección por día, la misma para todos. Es una lección por momento, individual para cada uno. En el caso de las clases con niños de 3 a 6 años, capta la atención del niño utilizando un número mínimo de palabras, movimientos lentos y voz calmada. Esto permite al niño concentrarse en sus acciones y recordar los pequeños detalles que pueden quedar en el olvido si hablamos demasiado o si habláramos al mismo tiempo.

Como dije anteriormente, hay mucho que aprender de ellos, y la educación puede cambiar el mundo a mejor. Los niños representan nuestro futuro y como educadores (tanto profesores como padres), si les tratamos como bebés, esto impactará nuestra civilización entera cuando se hagan mayores y tengan que tomar decisiones que afecten a otras personas. Así que dejamos que sean ellos los que nos muestren lo que pueden ofrecernos y a cambio, nosotros respetamos y apoyamos esa sabiduría interior.

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