Reflexiones·The Mamas & The Papas

Te olvidaste de algo. De mí.

Creo que fallé y me rendí ante una de las virtudes más valiosas de la vida, la paciencia. Esa actitud que lleva al ser humano a poder soportar contratiempos y dificultades para conseguir algún bien. Pero no estaba sola. Tú te rendiste antes. No supiste darle tiempo al tiempo, y no valoraste que yo lo intentara. Porque ya era demasiado tarde, o porque teníamos valores diferentes en la vida. Porque éramos incompatibles, como tú decías. Pero hubo un momento en que incluso pensamos que éramos perfectos el uno para el otro. Tanto que creamos una familia. Juntos. Tú y yo.

Pero el tiempo nos distanció y me costaba mostrarte mi personalidad sociable, alegre y dicharachera. Dormía mal, pero lo daba todo por nuestros hijos, e intentaba dejar la casa intacta a la vuelta del trabajo para que al llegar tú te sintieras aliviado de que al menos ahí todo seguía perenne. Que podías sentarte a tocar la guitarra en paz porque nadie te iba a molestar. Mientras tanto, yo seguía atendiendo a nuestra familia. Mi único descanso era meterme en el cuarto de baño y fingir una indigestión. Y esconderme detrás de mi teléfono móvil para deliberadamente perder el tiempo en cotillear gente en las redes sociales que aún disfrutaba de la vida.

Te alejabas de mí, o quizás me alejaba yo. Nos íbamos a dormir a diferentes horas y hasta el contacto visual había desaparecido. ¿Es que no te acuerdas cómo comíamos chocolate a la luz de la luna? ¿De cómo nos reíamos cuando casi perdimos aquel vuelo de tantos? ¿De cómo me subías a tus hombros en aquel concierto donde no podía ver nada? ¿De cómo me besabas la espalda cuando dormía? Intenté crear una rutina de abrazos al entrar y salir de casa, pero te parecía una obligación. Era el único momento en el que te sentía cerca, en el que te sentía aún mío. Pedí ayuda, medí mis palabras, me tragué el orgullo, lloré, te arrastré a terapia aunque siempre pensé que era inútil, intenté buscar el momento perfecto para abrir mi corazón y pedirte que me entendieras, que estaba cansada pero que era la misma y aún te quería, pero tu corazón estaba cerrado. Me lo cerraste a mí. Y te diste la vuelta. Una vez más y cada día. Mes tras mes.

Planeé con cautela aquella semana de vacaciones con los niños y sin ti. Lo planifiqué para que descansaras. Para que reflexionaras. Para que nos echaras de menos. Pero para ti fue un alivio, pues ya te habías olvidado de mí. De tus hijos. De ti, de nosotros. Bebías para no sentir, si alguna vez lo hiciste.  Te olvidaste que no estabas solo. Una semana sin mí no era suficiente. A la vuelta todo seguía igual. Para ti, pero no para mí. Porque en esos 7 días me crucé con gente desconocida que me regalaban sonrisas y palabras agradables. A mí, a esta persona a la que tú sólo dabas abrazos fríos y forzados, y ganas de llorar a diario.

Abrí el buzón una mañana, apenas 6 años después de habernos conocido. Y ahí estaban los papeles de divorcio. Me temblaba el pulso. Los temía y ansiaba a la vez. Aún nos estábamos conociendo, realmente. No nos habíamos dado tiempo. ¿Qué son seis años comparados con una vida entera? No había comunicación para arreglar nada. ¿Cómo arreglas algo que está roto en añicos? Te habías cansado de tu vida y decidiste empezar una nueva por tu cuenta. Porque te olvidaste de nosotros. Porque es más fácil subirse esporádicamente a la cinta de correr que prepararse a diario para una maratón. No había ninguna voz en tu interior gritándote “Corre, tu familia es el premio“. Ya no quedaba nada. Y es que es mucho más fácil sonreír por primera vez a alguien que mantener la sonrisa en momentos complicados con una persona con la que compartes el día a día. Claro que lo es, y no te culpo. Pero despierta. En la vida hay momentos difíciles y momentos menos difíciles. Y los arco iris y mariposas aparecen, pero se necesita paciencia. Y tú la perdiste. La perdiste.

Y a mí ya no me quedaba tampoco. Te la llevaste toda tú. Ni lágrimas. También te las llevaste. Y nuestros hijos crecerán sin tener recuerdos de ver a sus padres juntos, de verles queriéndose y apoyándose. Porque quizás eso nunca pasó. Quizás nunca me quisiste, quizás yo tampoco lo hice. Y por eso te olvidaste de mí. Porque era todo mentira. No éramos perfectos el uno para el otro, nunca lo fuimos.

No me arrepiento de nada, ni te odio, ni te echo de menos. Tampoco me he olvidado de quién eres, ni de quién soy, ni de lo fácil o difícil que fue nuestra vida juntos.  Sé que miraré atrás y diré que he vivido, que lo he intentado, y que una parte de mí se ha quedado ahí perpleja, con la pregunta retórica de qué pasó. Qué camino elegimos, conscientes o no, para convertirnos en esos seres que nunca pudimos imaginar nos describirían. Pero ahora ya es tarde, y quien solía ser quizás ya no existe. Ni volverá. Tenías razón cuando me pedías que parara de insistirte en que volvieras a ser tú, porque también se ha ido. Todos cambiamos. Mejoramos o empeoramos. Florecemos o marchitamos.

Y con el tiempo te darás cuenta de que yo también tenía razón. Que te olvidaste de mí. De ti. De nosotros.

Pero yo… soy la misma. Aunque al perderte, florecí.

diadelosmuertos-mamamathews
“Morir no es nada. Lo terrible es no vivir.” – Victor Hugo.

Here’s the English version, para los angloparlantes.

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